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De la inmaterialidad del sentimiento

>> martes, 13 de septiembre de 2016


Berlín, 1950. Sólo cinco años después del final de la II Guerra Mundial, el músico Sergiu Celidibache dirige a la Berliner Philharmoniker sobre las ruinas de la que había sido la sede de la orquesta durante sesenta años. En ese lugar, que bien podrían ser las ruinas de Atenas que dieron lugar a la famosa marcha de Beethoven, aquel joven director ejecutaba otra pieza del compositor: la Obertura de "Egmont". Sobra decir lo mucho que me impresionaron aquellas imágenes, no sólo por la fuerza de la música en sí y su puesta en escena - llevada de forma tan enérgica por la juventud del rumano, de aspecto tan zíngaro-, sino por el sentido que la resurrección de Beethoven tenía en aquel emplazamiento, en aquel momento. Una Berlín arruinada, donde su Historia, su pasado material, se reducía a innumerables ruinas. Su patrimonio material. Beethoven era también legado de Alemania, aunque inmaterial, y su espíritu, impelido por el romanticismo, parecía insuflar a aquel escenario una energía que parecía muerta. Él, resucitado, parecía querer resucitar lo que le rodeaba, cantar a ese hermanamiento pregonado por el Schiller de su Novena Sinfonía. Yo también quisiera poder transmitir con palabras lo que todo ello me sugiere, pero me parece imposible. Lo admiro, lo vivo, lo siento, y me parece injusto guardármelo para mí y no poder manifestarlo de viva voz, en la palabra escrita.      

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