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¿Por qué Debussy?

>> jueves, 15 de septiembre de 2016


Tal vez un escritor pueda sentirse tan identificado con el impresionismo por una sencilla razón: el impresionismo valora la percepción subjetiva de las cosas, algo tan de vital importancia para quien se dedica a aportar su propia visión del mundo. Un mundo que nunca es como objetivamente la ciencia lo presenta, sino que se encuentra sujeto a la percepción de quien lo contempla. Un jardín es a su vez cien jardines, y si alguien contempla un jardín pintado, ve entonces dos jardines, como diría Platón. El impresionismo es un gran jardín, es el mundo interior en el que recogerse y recrearse. Es la belleza imperecedera, pues nosotros la forjamos y a ella volvemos siempre que deseamos sentirnos felices. Con la muerte de quien la concibe muere esta percepción también. Y Debussy es eso, la propia interpretación que de él hacemos cada uno de nosotros. Un jardín vedado para quien no siente la música con verdadera pasión, curiosidad, paciencia y tesón.
Para mí, Debussy queda asociado inevitablemente con la pintura. El arte pictórico y musical han convivido en mí, los he transmitido y recreado a lo largo de mi vida. la escritura me ha ayudado a penetrar todavía más en ellos, ha fomentado mi imaginación, mis ensoñaciones, las que me hacen sentir vivo.
Debussy es Francia y España, es la música de ambos países. Un poeta entre dos tierras. Por eso, para mí, Debussy es la música de los pirineos navarros, vascos y franceses, por los que transité siendo niño y adolescente. Muchas de esas imágenes han quedado "impresionadas" en mí, y a ellas regreso incluso en la oscuridad más absoluta. Los caminos el atardecer, rumbo hacia Zugarramurdi. El pueblo de aspecto medieval, el color de la tarde con sus colores de paleta tan vivos, y la música de "Iberia" sonando dentro de mí. Debussy son los nocturnos con los cielos estrellados del verano de agosto, tumbado sobre una tapia en Roncesvalles. Los campos verdes de Monet, el castillo que me dio mi nombre, una comida cerca del monasterio de Leyre en una gran sala cubierta de frescos históricos, rememorando la coronación de un rey o del martirio de San Sebastián. Pero Debussy no es sólo Debussy: es también Ravel, su prolongación, es Saint-Jean-Pied-de-Port, con sus casas que casi parecían de cuento, sus playas y la mer enfrente... Son los bosques misteriosos, son los valles recorridos a través de un coche, con la música viva sonando a través de un radiocasette. Es su aspecto amable en un retrato de Nadar, como si tratase de recordar cómo de delicada era su sonrisa cuando fue niño.
Por todo ello, Debussy siempre me acompañará y me ayudará a inventármelo cuando ya no pueda recordarlo, debido a sus intrincados pentagramas, siempre tan escurridizos.

 

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